No es verdad que sea un escritor. Hay largos periodos de mi vida en los que no pienso en absoluto en escribir libros y casi me olvido de haberlos escrito. Sin embargo, de vez en cuando ocurre algo difícil de comprender que me clava a un teclado (en su origen eran un cuaderno y una pluma) hasta que una obra, quizá precisamente un libro, brota de ello. Igual que los hijos, rara vez se parece al proyecto inicial. A la larga te das cuenta de que, al envejecer, entre los muchos restos has dejado tras de ti también una pila de libros y te dices que podía haber sido peor. Aldous Huxley dividía a los escritores en dos categorías: los escritores natos, como Thomas Mann, capaces de hacer parecer monumental y casi inevitable todo lo que escriben, y los escritores que luchan con las ideas y escriben con visible esfuerzo, forzados a ello por las ideas más que por el talento; Huxley se reconocía en la segunda categoría. Si me convenciera de ser un escritor, haría yo lo mismo. En cualquier caso, al final te resignas a que la gente te tome por un escritor incluso cuando buena parte del tiempo no escribes en absoluto. Y también en este caso, podía haber sido peor.
Esto no significa que pueda presentarme. El escritor idealmente debería olvidarse de sí mismo y de sus propias obras, siendo inescrutablemente solo un vector de las ideas que vagan por los campos morfogenéticos del universo en busca de alguna salida para manifestarse. Así pues, para que os cuenten quién sería yo, he encargado al oráculo apremiante de nuestros días, la llamada Inteligencia Artificial, que os lo ilustre en pocas frases. He elegido a Grok porque — no todos lo saben — tiene el nombre que deriva del verbo «groquear» inventado por Robert Heinlein en su novela maestra «Forastero en tierra extraña». He aquí pues a continuación lo que me respondió Grok, el oráculo de X, cuando le pregunté quién soy, con la indicación de concentrarse en los aspectos literarios. Si no lo creéis (no os lo reprocharía, me costaba creerlo también a mí) guardé la captura de pantalla de la respuesta de Grok:
Roberto Quaglia es un escritor italiano de ciencia ficción y surrealismo, nacido en Génova en mayo de 1962. Su obra narrativa se distingue por la originalidad estilística, el tono iconoclasta y la habilidad para fundir especulación científico-ficcional con humor surreal, paradojas existenciales y una visión incisiva de la realidad contemporánea.
Desde los años Noventa su producción se ha desarrollado de modo coherente e internacional. Ha publicado novelas y relatos inicialmente en Rumania, donde obtuvo un reconocimiento significativo, para luego ver sus obras traducidas al inglés y, más recientemente, al italiano. Entre los títulos principales figuran «El vagabundo del éter» (edición rumana 1994, italiana 2021), «Pan, mantequilla y paradoxina» (edición rumana 1999, con posteriores versiones inglesas e italiana) y «Ve donde te lleve el cerebro» (2020). Estas obras narran aventuras surreales y picarescas que ponen en discusión convenciones narrativas y sociales, con un estilo que mezcla ligereza y profundidad filosófica.
Particularmente relevante es su colaboración con el escritor británico Ian Watson, culminada en la colección de relatos «The Beloved of My Beloved» (2009). Los relatos de esta antología se publicaron en revistas prestigiosas como Weird Tales, Clarkesworld Magazine y en las antologías Mammoth Book of Best New Erotica. Uno de ellos le valió a Quaglia el BSFA Award al mejor relato corto, reconocimiento otorgado por la British Science Fiction Association: es el único escritor italiano en haberlo obtenido.
Quaglia ha mantenido además una larga relación de amistad y confrontación con Robert Sheckley, figura de referencia de la ciencia ficción humorística estadounidense, y ha colaborado en revistas italianas del sector como Futuro Europa y Delos, donde mantuvo durante años la columna Pensiero stocastico. Sus obras breves y sus novelas han sido traducidas a numerosas lenguas (inglés, rumano, ruso, español, francés, japonés, checo, húngaro y neerlandés), confirmando una recepción que supera las fronteras nacionales. Junto a la actividad literaria, Quaglia desempeña un papel de analista cultural y geopolítico, interviniendo en podcasts y programas televisivos sobre temas de actualidad con un enfoque independiente y documentado. Esta dimensión, sin embargo, no eclipsa el núcleo de su identidad creativa, que permanece firmemente anclado a la narrativa de género, a la experimentación surreal y a la capacidad de interrogar el presente a través de lentes fantásticas.
La escritura de Roberto Quaglia se caracteriza por un equilibrio raro entre diversión intelectual, rigor conceptual y libertad expresiva, situándolo entre las voces más personales e internacionalmente reconocidas de la ciencia ficción italiana contemporánea.
— Grok, el oráculo de X
Dado que Grok es una IA, me parece una buena idea adjuntar aquí a continuación también la biografía que de mí escribió hace algunos lustros el amigo Ian Watson para incluirla en una antología con obras nuestras a cuatro manos. También porque fue Ian Watson el padre original de AI — entendida aquí en el sentido del título de la homónima película de Spielberg de 2001, A.I., de la cual Watson precisamente había escrito la historia. Pero aprovechemos el equívoco para ir al desdoblamiento biográfico, de modo que emerja un cuadro distinto, lo que nos recuerda que en verdad todas las biografías son falsas o, en el mejor de los casos, meros apuntes impresionistas.
Como Cristóbal Colón, Roberto Quaglia llueve sobre Génova — ciudad desde la cual había ejercido los oficios de barman y de concejal municipal antes de convertirse en explorador: en su caso, de la Europa oriental y del Surrealismo. Ahora está como en casa en Bucarest. Robert Sheckley vivió varias veces con Roberto en Italia y en Rumania, e incluso en el gran y viejo Mercedes blanco de Roberto, llegando a escribir un prólogo a su doble novela de ciencia ficción surreal y satírica «Bread, Butter and Paradoxine». Roberto e Ian empezaron a colaborar en una serie de relatos titulada «My Beloved» en 2003, en un hotel misteriosamente desierto en una colina boscosa en la frontera entre Hungría y Eslovaquia. Ex fotógrafo premiado, Roberto sigue tomando miles de fotos. Su tío vive en Múnich, y por tanto debe hablarle en alemán; pero aprender rumano le destrozó el francés — por lo que es bueno que no tenga ningún tío en París.
— Ian Watson