 |
|
Este fue el verano de Robert Sheckley. El gran escritor vino a Italia, gracias a la iniciativa y al empeño de Roberto Quaglia, que lo invitó, lo atendió y lo paseó durante un mes entero por Italia y por Europa. Quien tuvo ocasión de verlo quedó entusiasmado — ved en este número los comentarios de Vittorio Curtoni en Memories of green
y de Roberto Genovesi en Interazioni — y hemos decidido proponeros esta crónica de la experiencia, un poco particular (no podía ser de otro modo, al estar redactada por Quaglia) y extremadamente fascinante (ídem).
Llegada a Italia
Milán Linate, miércoles 21 de julio de 1999, 14:30.
Van y vienen un montón de aviones, pero solo uno es el importante. Al aeropuerto fuimos tres: Max Morando,
Daniele Vecchi y el que suscribe. Hacia las 15 y pico, el único avión importante de aquel día debería ponernos entre las manos al único Robert Sheckley
del universo conocido por nosotros. Es difícil creerlo, aunque una larga secuencia de improbables sucesos haya vuelto esta posibilidad bendecidamente probable. Años y años de correspondencia por email, anteriores intentos abortados por el Azar, y por fin una admirable geometría de coincidencias favorables. Y así lo improbable se hace inevitable y nosotros allí, en Linate, vibrando con nuestra mejor emoción. Aterriza el avión que esperamos. Nos preparamos para el encuentro y poco después vemos desfilar ante nosotros a los pasajeros. ¿Quién de ellos será Sheckley? No sabemos bien qué cara tiene. En la memoria, solo el recuerdo de alguna foto de hace décadas. ¿Bastará para reconocerlo? Observamos con atención todos los rostros que pasan ante nosotros. Y al hacerlo nos volvemos lentamente víctimas de aquella misma Deformación Metafórica que Sheckley inventó en uno de sus libros. Empezamos a alucinar a Sheckley en cada individuo solitario de cierta edad. Llegamos incluso a seguir a algunos, intentando hacernos notar, esperando que se transformen en el Sheckley que evidentemente no son. Pasa el tiempo y ya casi todos los pasajeros han atravesado en vano nuestro cedazo. La Deformación Metafórica aprieta, y hasta un viejo japonés por unos instantes nos parece que pueda ser el Nuestro. Luego los pasajeros se acaban, y también el tiempo de Daniele, que debe volver a la oficina. Quedamos Max y yo, y lo único que podemos hacer es esperar el avión siguiente.
El avión importante resulta ser el de las 18:30. Y por fin, de repente, Sheckley está con nosotros. Lleva bermudas y chanclas y trae consigo solo un gran bolso, una mochila y una chaqueta elegante que sostiene en la mano. Durante todo el viaje, en el mes siguiente, no se la pondrá ni una sola vez.
Dos horas después estamos en Génova, donde Sheckley es huésped de Maurizio
Frizziero (Popi para los amigos), en su hermosa casa frente a la pequeña playa de Boccadasse, quizá en absoluto el rincón más sugestivo de Génova. Allí, ante una mesa repleta de jamón y melón, pasamos una espléndida velada conversando, sobre todo acerca de la improbabilidad de cuanto nos está sucediendo. Nos damos cuenta enseguida, Popi y yo, de que Sheckley aquí no está, ni podría estar jamás. Con nosotros aquí solo está Robert, y Robert es verdadero y existe en carne y hueso y está aquí con nosotros, mientras que Sheckley existe en nuestros cerebros como representación. Representación de la representación, puntualizará luego Mario. En cualquier caso un mito, un arquetipo, una entidad abstracta que nuestros sentidos no podrán conocer jamás, tanto nos lo hemos imaginado en el pasado. Por comodidad, sin embargo, lo llamaré Sheckley en el resto de este relato mío. Pero sabed que en realidad yo estaré pensando en Robert, porque es a él a quien conocí.
El jueves 22 de julio es un día de aclimatación. Hace mucho calor, hay un jet lag que superar, decidimos no cansarnos. Lo cual no nos impide disfrutar de una espléndida velada en el local de Enrico Reboscio, restaurador y admirador de Sheckley, que nos ofrece un amplio repaso de típicas especialidades gastronómicas ligures.
 |
 |
 |
| En la librería Fahrenheit 451 |
 |
El viernes 23 de julio estamos en Piacenza. Nos ha invitado a comer Vittorio
Curtoni, una persona deliciosa, más allá de sus méritos en el ámbito de la ciencia ficción italiana. Y la comida, cocinada por su esposa Lucia, está decididamente a la altura de las circunstancias. Después de comer, Sheckley se concede una siestecita en el sofá. Más tarde, Vittorio declarará que habría hecho colocar una placa sobre el sofá con grabado:
Aquí durmió Robert Sheckley. Lo cual nos llevará luego a la idea, para un próximo viaje, de preparar una placa con escrito
Aquí ahora está Robert Sheckley, para exhibir en tiempo real dondequiera que nos detengamos. Por la tarde la realidad se intensifica. Llegan a casa de Curtoni en peregrinación desde media Italia admiradores de Sheckley. Luego nos dirigimos a la librería Fahrenheit 451, donde el Nuestro es entrevistado para una televisión local. Después terminamos todos comiendo en una excelente trattoria. Los Testigos de Sheckley han aumentado aún más y ahora hay cuarenta personas comiendo con él. Tras la cena se vuelve a la librería para una presentación pública del autor. A las once de la noche emprendemos el camino de regreso, hacia Génova. Ha sido un día preciosísimo, descrito más detalladamente y desde otro punto de vista por Vittorio Curtoni en este mismo número de Delos. Sheckley está muy contento. Yo también. Vittorio también. Si hay algún descontento, evidentemente se ha hecho discretamente a un lado.
Sábado 24 de julio y domingo 25 de julio son días relativamente tranquilos. Pero no por ello menos significativos. Las Grandes Cosas no son necesariamente cosas grandes. Damos alguna vuelta por Génova y alrededores con Alessandro Testa y otros amigos, pero todos somos más del tipo interesado en las cosas que nos decimos que en las cosas que hacemos. El domingo, en casa de Popi, con el mar azul que desde la ventana nos recuerda con discreción la existencia del mundo, vemos también distraídamente el Gran Premio de automovilismo en la televisión, conscientes de que un trasfondo vale lo mismo que otro para nuestras conversaciones.
El lunes 26 de julio damos un paseo por la Riviera, hasta Camogli, y con la barca se nos escapa incluso una escapada a San Fruttuoso di Camogli. El tiempo es siempre bueno. Y nuestras charlas también. Podré mostraros fotografías que os convenzan de que el tiempo es bueno. Pero en lo que respecta a las conversaciones, tenéis que creerme bajo palabra. Estamos siempre contentos.
El martes 27 de julio nos toca Cinque Terre. Sheckley había oído hablar bien de ellas, así que decidimos visitarlas. Vamos en coche hasta Manarola. A pie, recorriendo la famosa Via dell'Amore bajo un sol abrasador, llegamos a Riomaggiore. Desde aquí una barca nos lleva a Vernazza, desde donde un tren nos devuelve a nuestro coche en Manarola. Decirlo requiere un puñado de palabras; hacerlo requiere bastante tiempo y un esfuerzo considerable. Amantes de la exageración, en el camino de vuelta encontramos tiempo y energías también para una visita a Portofino. Cuando el día termina, Sheckley está exhausto. Pero Cinque Terre lo ha dejado sin palabras, y no solo por el cansancio.
Decidimos que el miércoles 28 de julio deba ser un día de total reposo. Llueve, y con la lluvia la temperatura baja, concediéndonos tregua y favoreciendo un mejor descanso. El día se anima de todos modos con una visita de Natalino Bruzzone, que en casa de Popi realiza una espléndida entrevista para la página cultural del Secolo XIX.
 |
 |
 |
| En Mondadori: de izquierda a derecha Lippi, Laura Serra, Sheckley, Festino, Alessandri, Quaglia |
 |
El jueves 29 de julio vamos a Milán. Primera parada: Segrate, Mondadori. Nos recibe un cordialísimo Giuseppe Lippi, responsable de Urania, y con sorpresa descubrimos que no está solo: reencontramos a Vittorio Curtoni, Laura Serra, Giuseppe Festino,
Piergiorgio Nicolazzini, Ferruccio Alessandri, todos ya presentes en Piacenza, más Claudio Asciuti,
Domenico Gallo y varios más. Comemos en el comedor de Mondadori, tras lo cual Sheckley nos es secuestrado para una ronda de entrevistas y conversaciones de negocios. Esperamos pacientemente largo rato en un cuartito desangelado. Uno a uno se van todos y yo me encuentro esperando más o menos solo. Por fin los desaparecidos reaparecen y se puede ir a la ciudad. Destino: la Libreria del Giallo, en via Peschiera 1. Un sitio excelente, tanto que reproduzco hasta su dirección. Otros fans confluyen allí y al instante hay un buen bullicio de charlas, regado con el espumante que ofrecen los dueños. Hace su aparición también Claudio
del Maso. Y enseguida es de noche, es decir, hora de cenar, o mejor: de pizza. Para la ocasión aparece también Luca
Masali. Gran pizzada colectiva aderezada con otras cuantas charlas. Estamos todos contentos, y quien no lo está lo aparenta. Un par de horas de coche para volver a Boccadasse y también este largo día se cierra.
El viernes 30 de julio abandonamos Génova y Boccadasse. Sheckley me pregunta: ¿No volveremos más aquí? Respondo yo: No en este viaje. Recordaré largo tiempo la inmediata tristeza que adquirió su rostro. Al despedirse de él, Popi lo mira, sonríe y le dice: No es necesario que ahora digamos nada. Sheckley apenas asiente y se viene conmigo. Popi y Robert ya se habían dicho mucho en las largas noches pasadas conversando mientras otros dormían. Subimos al coche y partimos hacia Lucca, donde llegamos algunas horas después. Nos acoge Alessandro Fambrini, que viene a buscarnos en bicicleta y nos guía hacia su casa, donde seremos huéspedes. Es una tarde tranquila la que nos espera. No nos morimos de ganas de hacer lo que hacen los turistas cuando llegan a algún sitio. Se descansa un poco, se da una cómoda vuelta en coche alrededor de las murallas de la ciudad, se va a la estación a recoger a Stefano Carducci que llega desde Treviso. Y por la noche vamos todos a comer a una excelente trattoria en la colina.
El sábado 31 de julio comienza con una vuelta por las colinas circundantes, donde nos topamos con un improbable codornidromo, un lugar siniestro del que instintivamente me dan ganas de mantenerme alejado. Decidimos cambiar de aires y nos trasladamos a Pisa, donde nos toma a su cargo Francesco Ghetti, que nos hace de guía turístico. Por la noche somos sus huéspedes para cenar, y la cantidad y la calidad de los platos es tal que nos pone decididamente en crisis (sobre todo al que suscribe). En pocas palabras: comido y bebido demasiado. Pero ¿cómo se podía resistir? De un modo u otro reencontramos el camino a casa y afrontamos una larga noche de sueño y digestión.
El domingo 1 de agosto es un día poco recomendable para meterse en la autopista. Pero la lógica de las salidas inteligentes nos ayuda. Desde que se pusieron de moda las salidas inteligentes, los días tradicionalmente peores para ponerse en marcha se han vuelto los mejores, dado que nadie es tan estúpido como para ponerse en viaje justo esos días. Así que no encontramos tráfico en las autopistas y llegamos a Treviso sin problemas a primera hora de la tarde. Nos alojamos en casa de Stefano Carducci. Descansamos algunas horas, y por la noche damos una vuelta por la ciudad parándonos a cenar en otra excelente trattoria, donde nuestros nobles propósitos de ayuno dietético naufragan por enésima vez.
El lunes 2 de agosto vamos a Venecia. Hace mucho calor, hay mucho sol y aún más turistas. Sheckley no veía Venecia desde hacía una veintena de años. El lugar lo inspira y por eso se pone a escribir. En todas partes, durante todo nuestro peregrinar, Sheckley no abandonará ni un instante su cuaderno y su querida pluma Montblanc. Todos los días, muchas veces al día, lo hemos visto y lo veremos desenfundar cuaderno y pluma y empezar o continuar a escribir. Pero en Venecia es un momento especial. Lo vemos escribir con una dedicación más intensa de lo habitual. Tras una pizza mediocre visitamos la librería de Giampaolo
Cossato. A media tarde es hora de volver a Treviso para un poco de siesta. Hemos descubierto que a Sheckley los detalles de Venecia, como por lo demás de todos los lugares, no le interesan demasiado. Lo que él busca en los lugares a los que va es la atmósfera que transmiten. La atmósfera es el componente inefable de los lugares, el aspecto más interesante de lo que te rodea. Por la noche, se nos une Daniele Vecchi con su esposa Debora, y todos juntos cenamos estupendamente en casa Carducci. Stefano despliega un repertorio de discos de vinilo con músicas que Sheckley no oía desde hacía décadas. Y al instante es nostalgia, o algo de esa familia de emociones. La velada se desarrolla y concluye placenteramente.
Praga
El martes 3 de agosto a primera hora de la mañana llegan desde Génova Mario Quaglia, Ada Cortese y Max Morando. Es con ellos con quienes nos ponemos en marcha y abandonamos Italia, el morro del coche apuntando hacia el norte. Somos cinco en mi coche, vamos apretados (sobre todo los sentados detrás, ya que Max por sí solo contiene unos 120 kilos de sí mismo), pero el maletero es grande y el motor cumple con su deber. Salimos por Tarvisio y nos dirigimos hacia Salzburgo, luego giramos a la derecha hacia Linz, después tomamos la carretera nacional hacia el norte y nos zambullimos en la República Checa. Llegamos a Praga hacia las nueve de la noche tras un día de viaje, de sol y de paisajes agradíabilísimos. Nos espera Yaroslav Olsa
Jr., joven diplomático checo y uno de los máximos expertos en ciencia ficción de su nación. Es él quien nos ha invitado a Praga, y es él quien pone a nuestra disposición un confortable apartamento donde nos alojamos. Aún hay tiempo y energías para una cenita en la trattoria más cercana. No sé los demás, pero yo estoy destrozado. He conducido todo el día y una noche de sueño profundo es decididamente bienvenida.
 |
 |
 |
| Sheckley y Quaglia en un café de Praga |
 |
El miércoles 4 de agosto ¿Qué se hace el primer día que se está en Praga? Se echa un vistazo alrededor. Se va al laberinto del centro histórico a ver los souvenirs que venden en todos los lugares turísticos del mundo, se intenta vislumbrar un poco de Praga a través de la espesa capa de turistas, y eso es de hecho lo que hacemos. Durante algunas horas. Aquí y allá nos sentamos a beber un café o a picar algo. Estamos más al norte y por fin la temperatura es aceptable. Y el tiempo es bueno de todos modos. Y a pesar de los turistas Praga tiene una atmósfera única. Por la tarde gastamos 20 mil liras de taxi para recorrer ochocientos metros hasta el Ministerio de Asuntos Exteriores, donde Yaroslav Olsa nos espera. Impecablemente trajeado con su elegante traje de diplomático, Yaroslav nos recibe en compañía de una fascinante colega suya de rara inteligencia, Jana
Pechova, que se quedará con nosotros el resto del día. El Ministerio de Asuntos Exteriores está en una colina, y un lento paseo hacia el valle casa perfectamente las exigencias turísticas con nuestra legítima pereza. También porque al pie de la colina nos encontramos en la exótica casa de Yaroslav, repleta de obras de arte africano y, sobre todo, de libros de ciencia ficción de todo el mundo. Pero no hablo del mundo que conocéis vosotros. Hablo de libros de ciencia ficción birmanos, etíopes, congoleños, y suma y sigue. Una joya tras otra. Y nosotros bebemos encima. Es la hora del aperitivo. Dentro de poco, la flor y nata de la ciencia ficción checa nos esperará en uno de los restaurantitos más exclusivos del centro. Y henos allí poco después, en efecto, en aquel refinado ambiente cuya ubicación, ay, he olvidado, sentados a una gran mesa iluminada solo por velas a la espera de una cena a base de cocina bohemia. Además de Nosotros, Yaroslav y Jana están Ondrej Neff, conocido escritor checo, Ivo Zelezny, editor de SF, Ivan Adamovic, responsable de la revista Ikarie y varios más. La comida es buena, pero con el tiempo la habría olvidado, ya que el contexto es más interesante. Bebemos también un montón de buen vino. Al final de la cena vamos todos a una famosa cervecería donde de vez en cuando parece que se dejaba ver el presidente Havel en persona. Pasamos a un paso del gueto judío, donde en ese instante están rodando una escena de una película ambientada hace ya un tiempo. Vemos un montón de nazis, ocupados en hacer redadas de judíos. Poco después estamos en la cervecería, donde yo me propongo no beber nada. Sería demasiado. Mi propósito, sin embargo, no aguanta un puñado de segundos. Y venga cerveza, ¡de la buena de verdad! Estamos todos contentos. Muy contentos. Es un viaje lleno de alegrías. No es cosa de todos los días. Es una pena que cada vez que se está contento luego, al final, haya que ir a dormir igualmente. Y al día siguiente hay que empezar otra vez desde el principio.
El jueves 5 de agosto Empezamos otra vez desde el principio dejándonos robar enseguida una cámara de vídeo. No es lo más indicado para restaurar la alegría del día anterior. Deambulamos por el centro de Praga a la espera de la siguiente cita. Por la tarde los fans nos esperan en uno de los principales clubes de ciencia ficción. Allí la acogida es muy calurosa, pero solo para Sheckley. Durante algunas horas nadie se percata de que junto a Sheckley hay otras tres personas, y nadie nos dedica un saludo. Subjetivamente, prefería a los VIP de la noche anterior. Al cabo de un rato, los italianos empezamos de hecho a sentirnos de más. ¿Qué hacemos allí? Al cabo de un rato aparece alguien a quien conozco y la situación mejora un poco. Yaroslav me había advertido, preávenido sobre la escasa sociabilidad de los checos. Por otra parte, hay que probar para creer. La única emoción es observar el trance místico de un simpático fan ruso ante Sheckley. Rara vez he visto tanta emoción en los ojos de un desconocido. Y un poco de ósmosis emocional es la consecuencia lógica. De esta tarde recordaré así en el futuro solo los ojos de este muchacho. También porque, ya que estaba, filmé toda la escena. Por la noche se cena con un grupo de fans.
Hungría
El viernes 6 de agosto On the road again. Partimos hacia Budapest, sin prisa, a media mañana. El viaje se hace más largo de lo debido a causa de un inútil desvío a través de Austria. Llegamos a Budapest hacia la noche, y encontramos enseguida donde dormir. Al haber conducido siempre yo, estoy considerablemente cansado. Esto no nos impide ir a cenar en un barco sobre el Danubio, donde — ay de nosotros — nos excedemos. Culpa de la comida demasiado buena.
El sábado 7 de agosto Después del desayuno, una buena vuelta por Budapest, solo para hacerse una idea. Por la tarde nos ponemos de nuevo en marcha, dirección sudeste. Disfrutamos de los últimos ochenta kilómetros de autopista. Después serán solo carreteras nacionales. Hace muchísimo calor, pero el aire acondicionado nos salva. Pasamos la última ciudad húngara, Szeged, y por fin llegamos a la frontera con Rumania. Está todo atascado, y se tarda más de una hora en pasar. Otra hora la perdemos virtualmente por el cambio de huso horario. Es ya el atardecer cuando por fin atravesamos veloces las desoladas llanuras de la campiña rumana en el noroeste del país. No se tarda mucho en llegar a Timisoara, nuestro destino de hoy. En el hotel Continental encontramos y apreciamos las habitaciones que han reservado para nosotros. Sheckley está cansado y perplejo. Declara que Italia era otra cosa. Pero no se queja, ni lamenta estar allí. Es ya de noche, y hay justo el tiempo de comer algo en la terraza-restaurante del hotel, mientras a nuestro lado unas bailarinas no excesivamente vestidas dan espectáculo para la emisión en directo de una tele local. Ante una buena comida y una buena cerveza, además de un buen puñado de desatadas bailarinas un poco más allá, también el humor de Sheckley se recupera deprisa. Durante las horas y horas pasadas en el coche en los últimos días ha escrito bastante, y eso basta para dejarlo satisfecho. Estar sentado escribiendo — observa — es lo que desde siempre le toca hacer, y en el coche con nosotros puede además charlar y observar el paisaje que cambia.
Rumania
El domingo 8 de agosto Hace mucho calor en Timisoara. En el vestíbulo del hotel encontramos a quienes nos han invitado a Rumania. Jonathan
Cowie, científico escocés así como individuo refinado y amigísimo agradable, nos da su calurosa bienvenida. Es él, más que otros, el organizador del evento en el que hemos venido a participar. Pero son muchos los que han confluido en el Continental para saludarnos. Está
Jim Walker, como Jonathan venido de Inglaterra. Están los rumanos Silviu Genescu, Antuza Genescu
e Dorin Davideanu. Tras los inevitables cumplidos de rigor, se opta por una visita al museo local de las casas de campo, un parque en el que se han reconstruido las tradicionales casas de campo rumanas. No es el fin del mundo, pero es de todos modos algo nuevo, y es en cualquier caso la ocasión de dar un paseo. Hay un museo de este tipo mucho más grande e interesante en Bucarest, pero nosotros estamos en Timisoara. Que de todos modos es en conjunto un sitio interesante y agradable. Por la tarde tiene lugar la ceremonia de inauguración de la convención. Personalmente aborrezco cualquier ceremonia de cualquier tipo, así que no pretenderé convenceros de que sea para mí fuente de alegría. Digamos que me aburro menos de lo habitual. Probablemente, este tipo de ceremonias son un mal necesario. Por la noche, típicamente cenamos a la rumana. No está mal como cocina, pero es poco variada y tras un par de comidas ya se ha probado todo.
 |
 |
 |
| Sheckley y Quaglia patrocinados firman autógrafos |
 |
El lunes 9 de agosto nos llevan a ver un museo. No somos tipos de museos, ni Sheckley ni el que suscribe, así que muy pronto nos evadimos, y nos refugiamos en un McDonald's, un sitio que ninguno de los dos frecuenta por lo general. Pero aquí hace un calor de mil demonios, y McDonald's tiene aire acondicionado. Y además no es obligatorio comer. Para eso existen las bebidas. Al poco rato el equipo de una cadena de televisión nacional viene a entrevistarnos. Por la tarde, un poco de tregua en el hotel. El hotel Continental es grande y acogedor, cuenta una decena de plantas de las cuales hay una interesante: la segunda. Día tras día nos volvemos todos, en efecto, sensibles a lo que pasamos a llamar el Misterio de la Segunda Planta: a cada uno de nosotros, en efecto, en su subir y bajar con el ascensor le ocurre con frecuencia encontrarse en compañía de espléndidas muchachas a las que decir vestidas es demasiado, las cuales todas invariablemente entran o salen del ascensor en la segunda planta. Dichas gráciles desaparecen luego quién sabe dónde con la misma rapidez con que aparecen. Exploraciones a fondo en la segunda planta no sirven para aclarar el misterio. Y a nosotros nos quedan solo nuestras hipótesis.
 |
 |
 |
| Los periódicos de Timisoara del día siguiente |
 |
El martes 10 de agosto no me he despertado aún bien cuando me encuentro con Sheckley, Max, Mario, Ada, Jonathan y todos los demás en la librería BIC-ALL para la presentación de la edición rumana del libro de Sheckley
Scambio Mentale (Transfer Mental) y del mío Pane, burro e paradossina
(Pâine, unt si paradoxina), ambos editados por Nemira. Hay también un patrocinador de por medio, la cerveza Kaiser, y a Sheckley y a mí nos toca llevar camisetas rojas con la marca de la cerveza, y sobre todo nos toca beber un montón de cerveza, lo ideal recién despiertos. Está también el vicealcalde de Timisoara, que se lanza a un largo discurso en rumano. Cuando me toca a mí hablo un rato a la buena de Dios, como ya me ocurre desde hace mucho tiempo, sabiendo bien que cualquier cosa que diga total cualquiera la olvidará enseguida, solo que esta vez me equivoco. En los días siguientes reencontraré, en efecto, con cierto espanto mis inconexos argumentos fielmente reproducidos en numerosos artículos en todos los periódicos locales, como si de verdad significaran algo. Sheckley, más astuto, elige una línea más sobria. Hay relativamente bastante público, dado que en los días anteriores los periódicos locales han inflado el acontecimiento, ilustrando los artículos incluso con imágenes descargadas sin yo saberlo de mis sitios en Internet. El director de marketing de Nemira, Laurentiu
Teohar, ha trabajado evidentemente bien. Tras los discursos, un tradicional asedio para el autógrafo en los ejemplares de los libros no nos molesta en absoluto, y al final también este bonito momento se apaga. Y las horas genéricas vuelven a fluir en el calor tórrido de Timisoara y nosotros volvemos a refugiarnos unos minutos en McDonald's. A las cinco de la tarde asistimos a una conferencia de Jonathan Cowie sobre el eclipse que habrá mañana.
Eclipse
El miércoles 11 de agosto es el día del eclipse total de sol. Y empieza fatal. El cielo está enteramente cubierto y llueve. Luego escampa, pero el cielo no mejora. Por fin hace frío. Sheckley dice que un poco de fresco le resulta más grato que el eclipse. Sin embargo decido de todos modos no llevarme un disgusto. Será de todas formas interesante ver el día volverse noche. Mientras tanto el eclipse parcial comienza, o al menos eso dice nuestra tablita. Nosotros no podemos ver nada, aparte de las cosas normales. Salvo que las nubes lentamente se adelgazan, y de repente alguien vislumbra un atisbo de sol filtrándose del cielo caprichoso. Al instante es una gran carrera a coger las gafitas de eclipse. El cielo se abre un poco más y de vez en cuando el sol se deja ver de lleno por unos minutos. Y así nos hemos hecho nuestro eclipse parcial, nos decimos. Nos acercamos al momento de la totalidad, y el cielo se abre cada vez más. Quizá tengamos suerte. La incógnita meteorológica vuelve todo probablemente mucho más emocionante de lo que habría sido en condiciones climáticas ideales. Estamos en nuestro hotel y subimos a la terraza. Desde allí se domina toda la ciudad. De vez en cuando cae un breve chaparrón, solo por gustar. En la azotea, una tele local nos entrevista a Sheckley y a mí en directo y con la excusa del eclipse publicitamos nuestros libros. Faltan ya un puñado de minutos para el momento fatal, y el cielo ha vuelto a ser prometedor. Una carrera abajo a la habitación para seguir en la televisión el avance del eclipse total a través de Europa. Tele vía satélite, programas británicos, franceses y alemanes, que en secuencia documentan y comentan el eclipse total que llega y que se va. Inesperadamente, es emocionante, a pesar de las tonterías que los diversos cronistas no logran evitar decir. Cuando el eclipse total abandona también Austria, es el momento de precipitarse de nuevo a la azotea. Hay pelea por el ascensor, pero somos nosotros quienes ganamos. El sol es aún visible, a través de una fina capa de nubes que se mueve velozmente, pero no hay más que una minúscula hoz. Las nubes hacen de filtro y se puede incluso mirar a simple vista sin problemas. En el horizonte, mientras tanto, el cielo se ha vuelto negírisimo al oeste. Es el eclipse total que avanza. Luego una fea nube acaba donde no debería y el sol desaparece, enteramente eclipsado por la nube un instante antes que por la luna. Y luego, de repente, todo es oscuridad, y así permanece un rato. Vemos la indeseada nube moverse, pero no lo bastante rápido. La ciudad está en la oscuridad, el cielo sobre nosotros está oscuro, pero el horizonte es luminosísimo en 360 grados. Un panorama nunca visto. Luego la línea de la luz se acerca, igual que antes había llegado la oscuridad. Miro hacia arriba y la nube casi se ha ido — oigo un estruendo de voces proveniente de otra zona de la ciudad. Allá la nube ya se ha ido y por un instante se ha visto el eclipse total. Miro hacia abajo: aún oscuro. Vuelvo a mirar hacia arriba: y de repente me golpea un cegador rayo de sol y por un instante entreveo un trozo de diamond ring, la imagen que marca el final del eclipse total. Miro hacia abajo y la ciudad está iluminada. Nos hemos perdido el eclipse total por dos o tres segundos o, si preferís, por doscientos o trescientos metros. Pero probablemente no habríamos tenido todas las emociones que tuvimos si las cosas hubieran ido como habríamos querido que fueran. A partir de ese momento, de todos modos, el sol burlón no ha dejado ya de brillar.
El jueves 12 de agosto es nuestro último día en Timisoara. Por la tarde Sheckley, Tony Chester y yo estamos ocupados conversando en una mesa redonda. Por la noche, cena de gala en un restaurante reservado casi entero para nosotros. Parece un buen sitio, nos acomodamos y por un rato todo va bien. Pero entre el primer plato y el segundo pasan dos horas de espera, sinceramente demasiado para no ponerse nervioso. Tras la cena están los rituales cumplidos que acompañan a los posos de todas las cenas de gala, y Sheckley astutamente se retira al hotel. Lo seguiremos no mucho después también nosotros. Mañana será un día duro.
 |
 |
 |
| Cualquier instante es bueno para tomar apuntes |
 |
El viernes 13 de agosto es un día duro. A las ocho y media de la mañana hemos cargado todo y a todos en el coche y partimos, hacia el sudeste del país. No hay prácticamente autopistas en Rumania, y las carreteras nacionales, aunque recientemente reasfaltadas, no son ninguna broma, especialmente si hay que viajar por ellas setecientos kilómetros seguidos. También porque atravesando el país se está en la misma ruta de todo el tráfico comercial de la nación y no solo: lo cual significa columnas de camiones rumanos, búlgaros, turcos, pero también italianos y alemanes. Todo ello aderezado con cosechadoras que de vez en cuando salen de detrás de una curva ocupando un carril y medio, miles de carretas de campesinos tiradas por caballos, caravanas de gitanos que se desplazan también con sus carretas y caballos, rebaños de ovejas que de vez en cuando cruzan la carretera con indiferencia, vacas solitarias y no solitarias y perros callejeros suicidas. A intervalos regulares, en efecto, los bordes de las carreteras de Rumania están salpicados de cadáveres de perros que cruzaron la carretera en el momento equivocado. Hay millones de perros callejeros, en Rumania, que aumentan incesantemente, y por lo que me han explicado la comunidad europea ha conminado a los rumanos a no sacrificarlos para no violar sus derechos animalescos, o algo por el estilo. No sé si es verdad pero sería típico, y entretanto los perros callejeros aumentan, forman auténticas manadas que de vez en cuando, según algunos, hasta se zampan a algún niño. Y mientras tanto yo conduzco. Tengo para todo el día. A diferencia de la conducción en autopista, aquí no te puedes distraer un instante. ¡Ay de ti si quitas los ojos de la carretera! Años atrás, cuando vine por aquí junto a Silvio Sosio y Luigi Pachì, para intentar aliviar su shock por las carreteras rumanas (en aquella época estaban bastante menos asfaltadas que ahora) les dije que las carreteras en Rumania son una metáfora de la vida: nunca sabes lo que vendrá dentro de un instante, y cuando menos te lo esperas te topas con algún imprevisto. Entramos en los Cárpatos y afrontamos la travesía de Transilvania en un clima lúgubre y fascinante. El tiempo es malo, las nubes están bajas y empieza a llover a cántaros. Nos alegramos por la atmósfera adecuada, pero la alegría dura poco. La carretera bordea un río y a nuestra derecha hay solo paredes rocosas. De las cuales, en virtud de la lluvia, no es solo agua lo que cae. Cada vez con más frecuencia nos topamos con un desprendimiento que obstruye parte de nuestra calzada. Es alentador. Hasta que la carretera queda de pronto bloqueada por un desprendimiento que está ocurriendo justo en ese momento frente a nosotros. Los coches están todos allí parados esperando. La carretera no está aún del todo bloqueada, pero pedruscos y piedrecitas ruedan a través de la carretera volviendo poco atractivo el tránsito. De vez en cuando, algún coche intenta el azar y pasa, tratando de driblar las rocas ya en la carretera y las otras, más peligrosas, que llegan. Me coloco en el carril de adelantamiento y me acerco. Me detengo. ¿Probamos a pasar o esperamos aún? Dentro de poco podría ser demasiado tarde, la carretera podría obstruirse del todo. En ese momento un gran pedrusco pasa velocísimo a través de la carretera frente a nosotros. Es una ruleta rusa. Por suerte, el desprendimiento en curso es ahora perfectamente visible en todo su desarrollo. Está cayendo de todo por la escarpada pendiente a nuestra derecha, pero se ve bien, y en su mayoría son piedrecitas pequeñas. Lo cual quiere decir que con un poco de cautela se puede pasar sin demasiados riesgos, en sintonía con los tiempos del desprendimiento para evitar así los raros pedruscos. Piso el pedal del acelerador encendiendo el turbo del motor y de la adrenalina. Mientras paso a través del desprendimiento una rueda hace saltar una piedra contra los bajos del coche y el fuerte ruido del impacto no nos alegra. Un instante después estoy pasando a velocidad inaudita entre los coches que al otro lado del desprendimiento aguardan a la espera, y alguien providencialmente me lo hace notar. Cuando el turbo de la adrenalina se pone en marcha, puede ocurrir que uno se olvide de apagarlo. No sin esfuerzo lo apago y reduzco. Me siento un poco culpable con Sheckley por haberlo traído hasta aquí y entonces le digo: Por lo menos no es un viaje aburrido. Sheckley responde con aire convencido: No, no es aburrido. De todos parece el menos preocupado. Se pone enseguida a escribir de nuevo. Echo un vistazo a su cuaderno y leo We stopped at one point and watched a flow
of small pubbles trickle out of a hole in the mountainside and onto the
road. It was like the Earth was bleeding. Para él los acontecimientos son sobre todo el pretexto para tener algo que escribir. Los Cárpatos están casi por acabarse. Sigue diluviando. Sheckley sigue escribiendo. Le robo otro puñado de frases: The flooding grew worse as we continued.
A deserted car park had become a lake, empty except for one white plasticchair
floating in it. Occasionally we passed a peasant, standing at the side
of the road, huddled under a plastic raincoat, waiting for God knows what.
But for the most part we encountered no one. Cuando creemos haber superado lo peor, nos topamos con un atasco. Hay una depresión, en la carretera, que se ha llenado de agua. Los camiones transitan, pero un coche que intenta hacer lo mismo se hunde y se queda allí. Por aquí no se pasa. Por suerte hay una carretera alternativa, pero debemos retroceder algunos kilómetros. Hago un cambio de sentido y, recorriendo en sentido contrario la carretera recién recorrida, me topo muy pronto con un gran pedrusco en mitad de la carretera. Poco antes no estaba. Cayó poco después de nuestro primer paso por allí y poco antes de nuestro segundo. Somos afortunados o en todo caso no somos desafortunados. Media hora después hemos superado indemnes los Cárpatos y de nuevo es llanura, lo cual de verdad no nos disgusta aunque la atmósfera no sea igual de interesante. Llegamos a Bucarest hacia las ocho de la noche, pero no es este nuestro destino de hoy. Sopesamos sin embargo si pararnos o no, y por unanimidad se decide continuar. Caen las tinieblas, y solo entonces recuerdo por qué nunca he querido viajar a través de Rumania de noche. Los demás lo descubren por primera vez. En la oscuridad, las luces deslumbrantes de la columna de camiones en el carril opuesto te ciegan, lo cual no es precisamente lo mejor en Rumania, donde las carreteras reservan sorpresas sobre sorpresas, donde las carretas tiradas por caballos no tienen luces traseras y donde los ocasionales peatones caminan casi en mitad de la carretera confiando quizá en que los automóviles los esquiven, o más probablemente sin plantearse en absoluto el problema. Es la parte menos divertida del viaje. Llegamos a Cernavoda entre las diez y las once de la noche. Allí hay una central nuclear, pero no podemos quejarnos demasiado. La construimos nosotros los italianos (o mejor, nosotros los genoveses) junto a los canadienses. Nos hacen alojar en los amplios y lujosos apartamentos en su día edificados para el personal occidental de la central. Estamos cansados, pero también bastante contentos. Durante quince horas hemos permanecido en la calzada, adelantando incesantemente coches, camiones y carretas cuidando de no estrellarnos frontalmente contra los camiones que en el carril de adelantamiento te encuentras a cada momento delante, y hemos sobrevivido.
 |
 |
 |
| En el barco hacia Atlantykron |
 |
El sábado 14 de agosto es un día nuboso. A treinta y cinco kilómetros de Cernavoda hay una islita en el Danubio llamada Atlantykron, cerca del pueblo de Capidava. Es allí adonde vamos. Un lugar salvaje y fuera del mundo habitual donde anualmente los rumanos organizan una semana de actividades relacionadas con la ciencia ficción. Un pequeño barco nos transborda hasta allí. Por lo menos, intento animar a Sheckley, aquí nadie te llevará a hacer una visita turística. Sheckley responde: Esa es una buena noticia. Pero nos equivocamos. Apenas desembarcados en la islita, Sorin
Repanovici, el organizador del evento, nos acoge y nos lleva a hacer una visita turística por la islita, mostrándonos las tiendas y sus ocupantes. Luego se bebe y se come algo en la cubierta del barco amarrado a la isla, tras lo cual sigue un encuentro-debate con los presentes de la isla. Por la tarde, Sheckley prefiere volver a su apartamentito en Cernavoda porque quiere escribir un cuento y para ello necesita soledad. Por la noche ya lo habrá terminado y de ello estará muy contento.
El domingo 15 de agosto regresamos a Bucarest. Es el primer paso en dirección a casa. En Bucarest tenemos a nuestra disposición un par de apartamentos en los que alojarnos. Vamos a comer a Sydney, un pub australiano muy in donde se come también comida mexicana. Y es justo allí, sentado en el Sydney ante un buen plato exótico, donde Sheckley afirma que Rumania le empieza a gustar, y que podría imaginarse viviendo allí. Por la tarde, Sheckley quiere seguir escribiendo. Le dejo a su disposición mi laptop y los demás nos vamos a dar un par de vueltas. Por la noche habrá escrito otro cuento.
 |
 |
 |
| En la TV rumana entrevistados por el ministro |
 |
El lunes 16 de agosto es un día muy intenso, iniciado con un buen terremoto. El sismo que ha destruido Turquía se ha dejado sentir también aquí. Max y Ada, los únicos de nosotros despiertos a esa hora, atestiguan que todo baileó un buen rato, mientras las lámparas oscilaban decididamente de aquí para allá. Yo dormía y no me enteré de nada. Por la mañana estamos invitados a la televisión rumana por Alexandru
Mironov, ex ministro del deporte y de la juventud así como experto en ciencia ficción y presentador de un programa televisivo de ciencia ficción en la primera cadena nacional, el cual realiza un excelente programa centrado en nosotros. Sheckley está muy contento, y yo no me quedo atrás. Ha sido un buen programa, con preguntas y discursos inteligentes y fuera de toda banalidad habitual. A la hora de comer nos refugiamos de nuevo en Sydney. Y por la tarde está en juego una segunda participación en un programa televisivo. Esta vez somos huéspedes en el salón de
Mihaela Muraru Mandrea. Por la noche estamos en cambio invitados a cenar por Florin Munteanu, brillantísimo científico rumano y grandísimo amigo mío. Es una velada muy hermosa, cualquier descripción de la cual sería limitativa. Sheckley está entusiasmado. What a fantastico man! comentará luego, recordando a Florin.
El martes 17 de agosto vamos a Nemira, nuestra editorial. Somos bien acogidos por Valentin Nicolau, el editor, y Vlad Popescu, su adjunto. Nada de discursos de circunstancias. En cambio, un buen rato juntos charlando al margen de los rituales de costumbre. Hay también tiempo para un salto a la redacción de Anticipatia, la más longeva revista de SF rumana. Luego el habitual tentempié en Sydney. Por la tarde, Sheckley se retira de nuevo a escribir. Nos vamos todos a dormir temprano. Mañana será un día duro.
Regreso
El miércoles 18 de agosto se parte de nuevo hacia Italia. A las cinco y media de la mañana. Despertador a las cuatro y media. Es el mejor sistema para ahorrarnos algunas horas de tráfico intenso y abreviar la duración del viaje. Se viaja, en efecto, rápido y sin demasiados problemas. Partiendo tan temprano, nos adelantamos a los grandes flujos de tráfico y a primera hora de la tarde estamos ya en la frontera de Arad. A media tarde llegamos a Budapest, donde pretendemos detenernos. Encontrado deprisa un alojamiento para Sheckley, empleamos algunas horas en acomodarnos también los demás. Budapest está a rebosar, pero al final encontramos algo. Es el momento del viaje en que yo estoy más cansado. Siempre y solo he conducido yo solo, y el cansancio se ha ido acumulando. Decir que estoy destrozado es un eufemismo. Volvemos a cenar en el barco donde se había comido a la ida, y que tanto nos había gustado. Ha pasado un mes desde que Sheckley está con nosotros, y ahora come de media el doble que cuando llegó. Esta noche come más del cuádruple. Dirá poco después: Recordaré esta cena largo tiempo. Nosotros también.
El jueves 19 de agosto es el día del regreso a Italia. Atravesamos Austria, donde en la autopista nos cae incluso una buena multa por exceso de velocidad, y hacia la noche llegamos al aeropuerto de Venecia, donde de repente ya no se encuentra el billete de vuelta de Sheckley. Es una horita de suspense, luego el billete aparece. Encontramos una posada cercana y resolvemos así también el problema de esta última noche. Para celebrar el regreso a Italia nos zampamos un par de excelentes pizzas cada uno.
El viernes 20 de agosto Sheckley toma el avión que a través de Londres y Seattle lo devolverá a Portland, Oregon, donde su esposa Gail lo espera. En el camino de vuelta a Génova hay durante un rato silencio en el coche. Y es Max quien en cierto momento dice: Ya no está. Replica Mario: Nunca estuvo. Me toca a mí: Estuvo, estuvo, no era una alucinación. Y si lo era se trata de todos modos de una alucinación mejor que las otras.
En realidad quizá no dije exactamente así. Pero a quién le importan los detalles, ahora que Sheckley ya no está en esta historia.
Fuera del tiempo queda aún tiempo para una consideración final: lo que habéis leído hasta ahora es la mera cronología de cuanto sucedió. Nada realmente significativo está encerrado en lo que aquí está escrito. Lo que de verdad importa no puede contarse así. Probablemente, no puede contarse en absoluto. Puede solo ser recordado, por quien lo ha vivido. Y quizá ni siquiera esto es verdad. Lo que de verdad importa solo puede ser vivido mientras se vive. Todo lo demás son solo diáfanas representaciones. O, si preferís, representaciones de representaciones. Es decir, algo que con la realidad acaba teniendo bien poco que ver. Conformémonos y conformaos. Lo importante es equivocarse lo menos posible.
Un álbum fotográfico más completo del viaje está disponible haciendo clic aquí. (http://www.fantascienza.com/quaglia/sheckley/1999/)
|